domingo, 31 de mayo de 2020
Reseña de "La suerte de los idiotas" de Roberto Martínez Guzmán
viernes, 15 de mayo de 2020
El último despertar
Despertó en medio de la noche en
la más absoluta oscuridad, completamente desconcertado sin saber donde estaba
ni cuánto tiempo llevaba durmiendo. Tenía un fuerte dolor de cabeza que parecía
que le fuera a estallar de un momento a otro. Además tenía dificultades para
respirar. Trató de reincorporarse pero
su cabeza tropezó con algo que hizo que tuviera que tumbarse de nuevo. Estiró
un brazo hacia la pared que tenía a su lado para encender alguna luz, pero no
encontró interruptor alguno. Al otro lado se encontró con otra pared lisa que
palpó, pero tampoco encontró nada que le diera una pista de donde se
encontraba. Se quedó inmóvil durante un rato tratando de ordenar sus
pensamientos. ¿Qué era lo último que recordaba? Estaba confuso. Una habitación…
gente que entraba y salía… susurros… lloros. Un angustioso presentimiento
empezó a recorrerle el cuerpo. Una imagen borrosa le vino a la mente… un camión
de frente… un golpe muy fuerte. Y de repente un escalofrío recorrió todo su
cuerpo de los pies a la cabeza, que hizo que se le erizara el vello de los
brazos. Lo habían dado por muerto y lo habían enterrado vivo. Estaba dentro de
un ataúd. Comenzó a respirar con mayor dificultad aun si cabía, hasta que al
cabo de unos minutos pudo serenarse un poco. Gritó con todas sus fuerzas pero
nada sucedió. Tenía que pensar. Tenía que salir de allí. Y tenía que darse
prisa. Metió las manos en los bolsillos buscando algo que le ayudara en tal
cometido, pero estaban completamente vacíos. Se pasó las manos por todo el
cuerpo hasta que llegó a la cintura. Claro, el cinturón que llevaba podría ser
de ayuda. Se lo quitó y palpando pudo comprobar que la hebilla metálica era bastante
robusta. Comenzó a rascar con fuerza la parte superior del ataúd y comprobó
que, por suerte, la calidad de la madera no era muy buena. Tras unos minutos,
una finísima línea de tierra empezó a entrar en el interior del habitáculo.
Tenía que actuar rápidamente. Se quitó la camisa que llevaba puesta y se la
enrolló alrededor de la cabeza para poder respirar cuando la tierra comenzara a
entrar más abundantemente. Cuando la tenía bien colocada, introdujo las manos
por la pequeña abertura que había hecho con la hebilla del cinturón y tiró con
todas sus fuerzas. De repente una gran cantidad de tierra cayó encima de él
llenando rápidamente el interior del ataúd. Con las manos comenzó a escarbar fuertemente
hacia la parte superior tratando de ascender rápidamente hasta que pudo sacar
los brazos fuera de la tierra y a continuación la cabeza, pudiendo dar así una
gran bocanada de aire que llenara unos pulmones que estaban a punto ya de
colapsar. Cuando recuperó el aliento, sacó por completo el cuerpo de la tierra,
se incorporó e inmediatamente echó a caminar en medio de la noche. Si se
hubiera fijado en la lápida que tenía detrás de él, se habría dado cuenta de
que llevaba ya muerto casi un mes, pero en ese momento aún no lo sabía.jueves, 14 de mayo de 2020
Reseña de "Tantos años de silencio" de Francisco Castro
Francisco Castro recrea una época
de oscuridad, de paseos en la madrugada, tiros en las cunetas, de cuerpos que
sobreviven en cuevas debajo de las cocinas, pero también de utopías y sueños de
cambio, de revolución y de una vida mejor. En efecto todo es un sueño feliz en
el pazo de Flavia hasta que el 18 de julio de 1936 comienza una guerra que
algunos aprovechan para urdir venganzas que acaban dejando una huella
misteriosa: unas fosas comunes que esconden cinco cuerpos ejecutados de un tiro
en la cabeza y un sexto esqueleto de mujer que abraza contra el pecho el libro de
un poeta del que nadie oyó hablar. Ánxela , una investigadora que guarda su
propia historia de violencia y dolor, acepta dirigir la excavación de las fosas
y se propone echar luz sobre todos los acontecimientos de los primeros días de
la guerra en el pazo, pero pronto deseará tirar también del hilo de la
identidad del misterioso poeta y de la mujer enterrada con el libro. A través
de la investigación de Ánxela, iniciamos un viaje apasionante entre 1936 y
nuestros días en que descubriremos que el fascismo superó tiempos y fronteras.
lunes, 11 de mayo de 2020
La cita
Echó un último trago a la copa de vino e hizo un gesto al camarero para que le pusiera otra. Aún faltaban diez minutos para que llegara, así que le daría tiempo a tomarse esa segunda copa que tanto necesitaba. Un buen vino siempre ayuda a calmar los nervios. Y otra cosa no, pero de nervios esa noche iba bien servido.
Llevaba mucho tiempo esperando a que llegara ese día y había depositado en él muchas esperanzas. Casi medio año había pasado desde que hablara por primera vez con ella a través de la aplicación. Se había registrado pocos días antes en esa página de citas por internet que, según la publicidad, buscaba compatibilidades con un alto porcentaje de éxito. Desde entonces, fueron muchos días y muchas horas de conversaciones a través del móvil, las que lo habían llevado hasta la barra de ese bar, donde se encontraba ahora intentando calmar esos nervios que le tenían encogido el estómago.
Aunque llevaba ya tiempo intentando concretar esa cita, no había conseguido hasta ese día que ella accediera a que se vieran y conocieran. Aunque realmente ya se conocían perfectamente. Todo ese tiempo frente al móvil había dado para mucho. La conexión entre ambos había sido brutal desde el principio, lo que hizo que se abrieran completamente el uno al otro. Se habían contado intimidades, cosas que él nunca se atrevería ni siquiera a contárselas a alguno de sus seres más queridos. Pero con ella había sido distinto, no tenía que ocultar nada, no se dejaba nada en el interior. Solo había una cosa que él nunca se había atrevido a contarle, algo que quería decirle casi desde el principio cuando empezaron a hablar, pero que por alguna extraña razón, no había reunido el coraje suficiente para hacerlo. Y es que estaba enamorado de ella.
Echó un vistazo al reloj y comprobó que ya era la hora. En cualquier momento entraría por la puerta que tenía justo enfrente de él. Volvió a darle un trago a la copa de vino mientras notó una vibración en el bolsillo del pantalón. Le acababa de entrar un mensaje al móvil. En un primer instante pensó en no cogerlo. En ese momento todos sus sentidos estaban centrados en la puerta que se abriría en cualquier momento. Pero algo le dijo que debía de leer ese mensaje. Lentamente metió la mano en el bolsillo sin quitar los ojos de la puerta y sacó el móvil. Bajó la vista, desbloqueó la pantalla y le dio al sobrecito de la parte superior. Antes de que se abriera el mensaje sabía perfectamente que era de ella. Leyó lo que ponía:
“¿Por qué tuviste que estropearlo? Era fantástico lo que teníamos y estábamos genial. Pero insististe en que nos viéramos y ahora lo has estropeado todo. Lo siento mucho. Adiós.”


